La medicina occidental, en particular, está impulsada por avances tecnológicos y construida sobre la hipótesis que todo lo relevante puede ser probado y con ello, una solución puede ser encontrada. Sin embargo, esta nueva “ciencia de la medicina” no ha podido ser capaz, hasta el momento, de controlar la creciente pandemia de enfermedades crónicas.
Asimismo, la literatura científica está acumulando más evidencia en que la cura de condiciones como artritis reumatoide, diabetes tipo 2, distintos cánceres o el Alzheimer, con un simple enfoque, no es realista.
Aquí es donde la medicina funcional toma relevancia, ya que tiene un enfoque individualizado, centrado en el paciente y basado en la ciencia. Permitiendo un trabajo junto al paciente para abordar las causas subyacentes de la enfermedad y promover un bienestar óptimo. Requiere una comprensión detallada de los factores genéticos, bioquímicos y de estilo de vida de cada paciente, con el fin de dirigir planes de tratamiento personalizados para la obtención de mejores resultados.
Al abordar la causa raíz, en lugar de los síntomas, los profesionales se orientan a identificar la complejidad de la enfermedad. Pueden encontrar que una condición tiene muchas causas diferentes y, de la misma manera, una causa puede dar lugar a muchas condiciones diferentes.